Liderar desde lo sagrado: cuando el liderazgo vuelve a tener alma

No es casualidad.

En los últimos años estamos siendo testigos de algo que, para muchos, resulta sorprendente: una vuelta —íntima, silenciosa pero firme— a la espiritualidad cristiana y a la figura de Dios. Lo vemos en personas cercanas, especialmente en una generación que ronda los treinta años. Lo vemos también en el arte, en discursos creativos que se atreven a nombrar lo sagrado, la fe, la luz, la imperfección humana.

No se trata de nostalgia ni de una moda pasajera. Se trata de una necesidad profunda.

Vivimos una época marcada por la velocidad, la fragmentación y la incertidumbre. Todo parece provisional: los vínculos, las certezas, incluso la identidad. Nos hemos acostumbrado a vivir hacia afuera, hiperconectados y, al mismo tiempo, profundamente desconectados de nosotros mismos. Del cuerpo. Del silencio. Del otro.

En este contexto, muchas personas comienzan a mirar hacia adentro y a preguntarse cosas esenciales:
¿Quién soy cuando se apaga el ruido?
¿Dónde encuentro sostén cuando nada parece durar?
¿A qué pertenezco?

Y es ahí donde lo espiritual reaparece.

El cristianismo —como otras tradiciones— ofrece algo que hoy escasea: estructura, ritual, comunidad, un lenguaje simbólico que da forma a lo que sentimos, pero no sabemos expresar. No como imposición, sino como refugio. No como dogma, sino como raíz.

Personalmente, no vengo del mundo del fanatismo ni de la devoción rígida. Tampoco me considero seguidora de determinados artistas o trayectorias concretas. Sin embargo, reconozco que en este último tiempo yo también he vuelto a conectar con Dios. No desde el miedo ni la culpa, sino desde una búsqueda honesta, profunda y transformadora.

Una búsqueda que tiene mucho más que ver con conocerse, con atravesar el dolor, con aceptar la imperfección, con reconocerse como un ser en proceso. Un trabajo interno que no siempre puede explicarse con palabras, pero que se siente. Que se intuye. Que se vive.

En el arte contemporáneo también aparecen estas preguntas. Proyectos creativos que hablan de luz y sombra, de desamor y autoconexión, de fe y fragilidad humana. Obras que no predican, pero invitan. Que no dan respuestas cerradas, pero abren espacios de contemplación. Experiencias que, escuchadas en silencio —quizá frente a un amanecer o un atardecer—, nos permiten sentir que formamos parte de algo más grande. Que no estamos solos. Que hay una dimensión sagrada en lo cotidiano.

Esta vuelta a Dios no es un retroceso. Es una reacción natural a una cultura que ha llevado el individualismo al extremo, que ha debilitado los vínculos y ha vaciado de significado muchos espacios colectivos. Cuando todo se vuelve inestable, el ser humano hace lo que siempre ha hecho: busca sentido, busca pertenencia, busca algo que lo sostenga.

La pregunta, entonces, no es si esta vuelta es buena o mala. La pregunta es qué vacío está señalando.

Porque, en el fondo, las personas no buscan religión en sí misma. Buscan comunidad. Buscan rituales que ordenen la vida. Buscan contención emocional y espiritual. Buscan un lugar donde descansar del caos y recordar quiénes son.

Por eso, hoy más que nunca, necesitamos construir espacios espirituales y terapéuticos que no se apoyen en el dogma ni en los extremos, sino en la conciencia, la responsabilidad, la humanidad compartida. Espacios donde la fe no excluya, sino abrace. Donde lo sagrado no se imponga, sino se descubra.

Tal vez esta ola no sea una vuelta al pasado.
Tal vez sea, simplemente, un intento de volver a casa.

Y eso es algo que, de una forma u otra, nos interpela a todos.

Fotografía: Amanecer Monte Sinaí. Viaje Egipto 2010.